Las páginas de Ocatedro habían decidido desencolarse. "Liliana llorando" se me fragmentaba en varias hojas, con "Los pasos en las huellas" el libro se partió en pedazos, y con "Manuscrito hallado en un bolsillo" tenía que hacer malabares sosteniendo las tapas con una mano y las páginas con otra.
La ansiedad de querer leer y no poder me decidió a realizar una operación maravillosa: lo encuaderné yo mismísima. Gracias a las sugerencias del librero amigo, bastó con un par de ganchos para sujetar las hojas y plasticola por todo útil escolar. Y listo! Así fue como cobró nueva vida. Y ahora anda paseando chocho por subtes, colectivos y cuanto lugar se le antoja, ya sin miedo a desmembrarse. Happiness!
miércoles, 17 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
Confesiones de taxistas

Las charlas de taxistas o remiseros merecen un punto y aparte. Cuando estoy por tomarme un taxi, todo intento de escudriñar la cara del taxista es inútil, no sólo por mi astigmatismo, sino porque no puedo saber cuántas ganas de charlar va a tener. Más que nada porque una vez que estás subida a un taxi, sos público cautivo del tachero. Y si estoy escuchando música con auriculares, me los saco antes de entrar, como por respeto. Las charlas con taxistas varían de tono, entusiasmo y pasión dependiendo del tema. Podrá tomar forma de monólogo (del tachero si necesita desahogarse o propio, por mismo motivo), de diálogo, de discurso dictatorial, o clase abierta -si son más de uno los pasajeros, claro-. Pero siempre, siempre puede suceder el milagro de la confesión.
Las charlas con un peluquero / estilista seguramente de mantener una cierta constancia, tendrán como característica la construcción de una relación de confianza, cabeza a cabeza. En el caso de las charlas con taxistas, es claro que tiene una característica clave: son fugaces y únicas, irrepetibles, una suerte de catarsis, a sabiendas de que sería muy difícil volver a cruzarse con el mismo chofer. ¿Cuál es la chance de que te vuelva a tocar viajar con el mismo taxista? ¿O con el mismo remisero verborrágico?
El otro día tuve la suerte de volver a encontrarme con un remisero con el que viajé un año atrás. Y lo malo es que recordaba todo lo que habíamos charlado, con algunas alteraciones, claro, pero más o menos ahí estaba el contenido en su continente... y lo peor es que... yo me acordaba de todo lo que me había contado. El problema: el viaje era a Ezeiza... Empezó él, clarísimo porque estaba tan cansada que no lo reconocí. *
¿Vos no vivías antes en la calle Guemes? Ah, te mudaste, claro. Te juntaste con tu novio, si me acuerdo, que justo esa noche te llevaba de Aeroparque que tenías una cena, algo así, no? Ah, no, no era cena. Me debo estar confundiendo con otra chica que trabaja en Aerolíneas que me contaba algo parecido.
Sí, yo me separé al final. Cómo te acordás, eh. Si, de la mujer con la que me había juntado, que estábamos de novios desde hacía dos años. Y mirá, hice todo lo posible porque la relación funcionara, pero no hubo lo que hacerle. Ella era muy celosa, muy celosa. Mirá que soy más bueno que Lassie, pero no hubo lo que hacerle. Me volvía loco, loco. No sabés. Cualquier cosa le despertaba unos celos terribles. No me dejaba ni siquiera ver una película donde estuviera una mujer. No podía hacerle ni un comentario de mi ex, nada. Ni juntarme con mis amigos a comer un asado, que ya pensaba que andaba con otra.
Y eso que fuimos a terapia de parejas, un montón de tiempo. Y la doctora le decía que ese miedo desmedido que tenía ella era porque como había quedado viuda, le agarraba una inseguridad tremenda y entonces como que me quería agarrar. y yo aguanté, pero bueno, la verdad que se me hizo insoportable, por mucho que yo la amaba, tuvimos que separarnos.
Me dio un poco de tristeza por el señor, pero bueno, cada uno con su tema, no? Quizás el próximo año (espero) lo encuentre mejor parado. O mejor sentado. De mis confesiones al taxista... no las voy a contar!
Será cuestión de esperar la próxima entrega.
Nota de la redactora: Más confesiones de taxistas próximamente por su blog amigo.
* menos cansada y lúcida... tampoco lo hubiera reconocido.
lunes, 1 de marzo de 2010
Recreo!
Un paseo por Río Grande, Tierra del Fuego, uno de los lugares más australes de la Argentina. Por supuesto, llegué en un avión de Austral. Fue una visita fugz de 24 horas. Aquí algunas fotos.

El clima cambia constantemente, el cielo puede estar nublado, lloviznar, y a la media hora sale el sol. Al menos en verano, parece que la única constante es el cambio.

Me enamoré de un mapa gigante colgado en el hotel, que tiene información tanto de lugares como de la gente nativa de las islas, escrito en celeste.


En un almacén de Río Grande encontré un mazo de cartas para poder jugar a la loba, y un buen cubilete para la generala. Y por supuesto, ya fueron estrenados.

El clima cambia constantemente, el cielo puede estar nublado, lloviznar, y a la media hora sale el sol. Al menos en verano, parece que la única constante es el cambio.

Me enamoré de un mapa gigante colgado en el hotel, que tiene información tanto de lugares como de la gente nativa de las islas, escrito en celeste.


En un almacén de Río Grande encontré un mazo de cartas para poder jugar a la loba, y un buen cubilete para la generala. Y por supuesto, ya fueron estrenados.
jueves, 25 de febrero de 2010
Lucy in the sky (with diamonds)
El domingo se fue Lucy, mi abuela paterna.
Era una de esas personas poco afectas al ocio, no sabía quedarse quieta y las trabas de la vejez no le gustaron nada. En pocos años su salud se deterioró y se nos hundió en las sombras sin que podamos hacer mucho.
Antes de eso, siempre estaba ocupada con quehaceres domésticos diversos, cocinaba como los dioses y era reconocida entre otras cosas por riquísimos kipes y mamules.
Hija mayor de siete hermanos, no supo de mucho más que el deber, ayudar a cuidar y criar a sus hermanos, cosa que luego prosiguió cuando tuvo a sus hijos. Cuidó de mi abuelo desde muchos años antes de conocerlos hasta que murió, y también de su madre en sus últimos años.
Cuando era chica, el departamento de Sarmiento me daba un poco de miedo. Más si me quedaba a dormir. De techos altos y muebles antiguos, con arañas de cristal, y un cuarto en el fondo deshabitado lleno de cosas, era escenario perfecto para cucos y afines. Y aunque no les dijera nada a mis papás, sí que daba miedo. Antes de acostarme, mi tía Liliana abriría una cajita musical y pondría sobre la base a una bailarina con tutú que giraba al compás de la música metálica, como hipnotizada. Me cantaba la marcha de San Lorenzo y me diría que era su sobrina preferida. Yo miraba el techo verde oscuro altísimo y me tapaba con todo lo que tuviera, intentando vencer el miedo y dormirme, a sabiendas de que la mañana sería mejor.
Una típica mañana incluiría los ruidos de ollas desde la cocina, a mi abuela rezongando pidiéndole a Liliana que la ayude, ella le diría que estaba ocupada y seguiría sentada en el sillón leyendo Selecciones. El mate estaría servido en bandeja sobre la mesa, y mi abuelo estaría sentado frente a la ventana escuchando radio o cantando en árabe, entre sorbo y sorbo. A mi me tocaba leche con Tody, que mucho no me gustaba porque se llenaba de grumos, y principalmente porque me gustaba mucho más el Nesquik.
Después, vendría la excursión a la feria de Once, un universo que me parecía pobre y medio triste, lleno de gente que rara o fea. Ahí, miraba el piso atenta para no pisar canaletas.Ella aprovechaba esos momentos y me mostraba con todo su orgullo como si fuera su joya, me presentaba como la nieta mayor, la hija de su hijo. Y todos dirían que era muy linda, me sonreirían y nos iríamos a casa llenas de cosas de más que nos habían regalado, que variaban según a quién habíamos visitado, si el verdulero o el carnicero, o ambos.
El premio eran unas riquísimas milanesas como nunca más comí, con ensalada de tomate, que ella sabía era mi comida preferida.
Por la tarde sonaría la radio o miraríamos tele, por ahí destripando arvejas de las vainas o alguna otra tarea que por ahí mucho no me divertía pero que de lejos veo con cariño.
De muy chica, en el momento del baño mi abuela hubiera sido más práctica que cariñosa. Me lavaría el pelo con jabón, y me dejaría jugar un rato en el agua con algunos muñecos despintados. Me secaría apurada y buscaría la ropa calentita recién sacada de la estufa.
Años más tarde, cerca de la noche jugaríamos a la loba, y nos daría algunas palizas. Con gesto aprendido de la bisabuela María, Lucy nos miraría disimulando la sonrisa, y con las cartas en la mano antes de bajar un menos veinte, nos preguntaría: ¿Sabés contar?
Nunca me juzgó y me apoyó siempre. Y yo pude entenderla y perdonarla por las cosas que antes no entendí. Por ese amor que no venía como me hubiera gustado pero que era así y estaba.
Abue, ayer escribí estas líneas y sentí que me pude despedir de vos, pedirte disculpas por no haber estado todo lo que hubiera podido, yo también, siempre ocupada con mi cotidianeidad. Por tanto tiempo que no entendí, o no acepté lo que eras. En el hospital te dije lo que ya te había contado meses atrás, que eras la verdadera heroína del cuento. El invierno pasado cuando te llevé el diario te dije que cuando te sentías sola te bajoneabas y protestabas a la vida pero que cuando te encontrabas con gente revivías. Te leí el cuento y te marqué una frase muy tuya ("Y quién, digo yo, tiene ganas de estar con una vieja. Nadie"), y me dijiste “Es cierto”. Y charlábamos y te divertías y te olvidabas de los malos pensamientos y rezongos.
Abue, te quiero mucho y te voy a extrañar siempre.
* Este texto fue escrito el domingo y lunes de esta semana.
Para Lucy, 24 de Julio de 1926 - 21 de Febrero de 2010
***
Era una de esas personas poco afectas al ocio, no sabía quedarse quieta y las trabas de la vejez no le gustaron nada. En pocos años su salud se deterioró y se nos hundió en las sombras sin que podamos hacer mucho.
Antes de eso, siempre estaba ocupada con quehaceres domésticos diversos, cocinaba como los dioses y era reconocida entre otras cosas por riquísimos kipes y mamules.
Hija mayor de siete hermanos, no supo de mucho más que el deber, ayudar a cuidar y criar a sus hermanos, cosa que luego prosiguió cuando tuvo a sus hijos. Cuidó de mi abuelo desde muchos años antes de conocerlos hasta que murió, y también de su madre en sus últimos años.
***
Cuando era chica, el departamento de Sarmiento me daba un poco de miedo. Más si me quedaba a dormir. De techos altos y muebles antiguos, con arañas de cristal, y un cuarto en el fondo deshabitado lleno de cosas, era escenario perfecto para cucos y afines. Y aunque no les dijera nada a mis papás, sí que daba miedo. Antes de acostarme, mi tía Liliana abriría una cajita musical y pondría sobre la base a una bailarina con tutú que giraba al compás de la música metálica, como hipnotizada. Me cantaba la marcha de San Lorenzo y me diría que era su sobrina preferida. Yo miraba el techo verde oscuro altísimo y me tapaba con todo lo que tuviera, intentando vencer el miedo y dormirme, a sabiendas de que la mañana sería mejor.
Una típica mañana incluiría los ruidos de ollas desde la cocina, a mi abuela rezongando pidiéndole a Liliana que la ayude, ella le diría que estaba ocupada y seguiría sentada en el sillón leyendo Selecciones. El mate estaría servido en bandeja sobre la mesa, y mi abuelo estaría sentado frente a la ventana escuchando radio o cantando en árabe, entre sorbo y sorbo. A mi me tocaba leche con Tody, que mucho no me gustaba porque se llenaba de grumos, y principalmente porque me gustaba mucho más el Nesquik.
Después, vendría la excursión a la feria de Once, un universo que me parecía pobre y medio triste, lleno de gente que rara o fea. Ahí, miraba el piso atenta para no pisar canaletas.Ella aprovechaba esos momentos y me mostraba con todo su orgullo como si fuera su joya, me presentaba como la nieta mayor, la hija de su hijo. Y todos dirían que era muy linda, me sonreirían y nos iríamos a casa llenas de cosas de más que nos habían regalado, que variaban según a quién habíamos visitado, si el verdulero o el carnicero, o ambos.
El premio eran unas riquísimas milanesas como nunca más comí, con ensalada de tomate, que ella sabía era mi comida preferida.
Por la tarde sonaría la radio o miraríamos tele, por ahí destripando arvejas de las vainas o alguna otra tarea que por ahí mucho no me divertía pero que de lejos veo con cariño.
De muy chica, en el momento del baño mi abuela hubiera sido más práctica que cariñosa. Me lavaría el pelo con jabón, y me dejaría jugar un rato en el agua con algunos muñecos despintados. Me secaría apurada y buscaría la ropa calentita recién sacada de la estufa.
Años más tarde, cerca de la noche jugaríamos a la loba, y nos daría algunas palizas. Con gesto aprendido de la bisabuela María, Lucy nos miraría disimulando la sonrisa, y con las cartas en la mano antes de bajar un menos veinte, nos preguntaría: ¿Sabés contar?
***
Nunca me juzgó y me apoyó siempre. Y yo pude entenderla y perdonarla por las cosas que antes no entendí. Por ese amor que no venía como me hubiera gustado pero que era así y estaba.
***
Abue, ayer escribí estas líneas y sentí que me pude despedir de vos, pedirte disculpas por no haber estado todo lo que hubiera podido, yo también, siempre ocupada con mi cotidianeidad. Por tanto tiempo que no entendí, o no acepté lo que eras. En el hospital te dije lo que ya te había contado meses atrás, que eras la verdadera heroína del cuento. El invierno pasado cuando te llevé el diario te dije que cuando te sentías sola te bajoneabas y protestabas a la vida pero que cuando te encontrabas con gente revivías. Te leí el cuento y te marqué una frase muy tuya ("Y quién, digo yo, tiene ganas de estar con una vieja. Nadie"), y me dijiste “Es cierto”. Y charlábamos y te divertías y te olvidabas de los malos pensamientos y rezongos.
Abue, te quiero mucho y te voy a extrañar siempre.
***
* Este texto fue escrito el domingo y lunes de esta semana.
Para Lucy, 24 de Julio de 1926 - 21 de Febrero de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
El arcón de los recuerdos o el germen del mal

Era tan joven, tan linda! Me da ternura esta revista que hice en un trabajo práctico de 2º año de la secundaria. Se ve que ya el inconciente predecía el futuro. El primer germen del mix de escritura y diseño. Podría haberme divertido hacer plata, jugar a la escribana o a la vendedora. No. Podría haber hecho un informe en el word triste de la PC sin Ventanas de Windows. Pero no. Podría haberme dedicado al bricollage. No y no. Aquí, el origen del mal.
Armado en un programa -que ahora no recuerdo el nombre- en mi primera PC de monitor hércules monocromo naranja, con anotaciones escritas a mano para completar lo que el programa torpe no podía brindar o lo que yo no sabía encontrar, mi primera revista. Una sátira a una mezcla de Caras con NatGeo, un repotaje (si, escribí repotaje) a una brillante investigadora de tan sólo 14 años que viaja al Amazonas para enseñarle a los nativos la teoría heliocéntrica de Galileo Galilei.
Se pueden reir un rato largo. Me matan los dibujitos pixelados de clipart de principios de los noventa, y las bajadas que tuve que inventar para poder usarlos. Está impresa con una impresora de matriz de puntos en hojas continuas... para la nostalgia
El resto de la revista es por el momento confidencial. Al menos hasta que consiga un escaner como la gente.
Eso sí, salí re-linda en la foto.
martes, 2 de febrero de 2010
Decolectivo

Los colectivos no dejan de asombrarme. No importa el tiempo que pase. Los choferes mantienen el orgullo de ser los reyes del lugar, decorándolo como si fuera su propia casa.
Lo que quiero saber es, concretamente, dos cosas:
La una: cuándo empezó la costumbre de tunear colectivos.
La dos: el por qué de los espejos labrados, números, nombres de hijos o amores; el matelasé detrás de asientos con resorte, el peluche alrededor de espejos, los dados, los flecos y etcéteras.
(Tiempo atrás también hubiera estado el fileteado por fuera y por dentro, la palanca de cambios con la bola de acrílico, y la boletera era manual, se acuerdan?)
Mi mayor asombro fue al ver en la línea 68, que a pesar de contar con nuevas unidades, mantuvo en el interior la estética de los viejos colectivos Mercedes, incluso con un mini-turbo para el calorcito de la ciudad en este fresco febrero.
Esta decoración da glamour? Da sensación de pertenencia? Da status? Es sólo del gremio de los colectiveros o los camioneros optan por la misma estética? La decide el conductor o la línea?
Son todas las preguntas que siempre me hice y nunca tuvieron respuesta.
Necesito un amigo colectivero.
jueves, 21 de enero de 2010
El Bicentenario se viene con todo

La verdad es que estoy muy contenta. Por fin Macri hace algo como la gente. El resurgimiento de las calesitas me pone feliz. Parece que el Bicentenario da para todo, tanto que ya encontraron la calesita oficial... miren esto.
Y si leen la nota, van a ver que estoy salvada gracias a que existe un "Programa Calesitas de Buenos Aires". ¿¿Podré conseguir esponsoreo?? ¿Me tirará el Gobierno de la ciudad un manguito? ¿Un caballito de fibra de vidrio? ¿Unas sortijas? ¿Unos temas de Menudo, Palito o similar? Igual me conformo con alguna de las pinturitas deformes del pato Donald bailando la conga o un Mickey Mouse flacucho como los que solía haber en las calesitas de mi infancia.
Meditaré con la almohada el próximo paso para Viajando en calesita, no sea que el bicentenario lo encuentre en pantuflas y sin maquillaje para la foto.

jueves, 14 de enero de 2010
Recreo!
Otra vez me tentó la fotografía... espero lo disfruten.
Un poco de verano ahora de vuelta a la ciudad. Algunos recortes de Punta del Este, Uruguay.
Por mi lado, sé que lo disfruté, y ya quisiera volver al mar. Extraño muchas cosas, entre ellas los mejillones a la provenzal, los atardeceres con mate y amigos, y la zambullida al mar diaria saltando aguas vivas en la mansa.
Un mar de gente o gente de mar, no estoy segura.
Luces que sólo duran un instante sonríen desde el horizonte.
Un muelle al que le gusta nadar y un hombre que emerge de las profundidades.
Todo a cuestas en la terraza o en el barco, gaviota incluída.
La naturaleza esteña en acción.
Los que vuelan y los que miran.
Y sólo somos un granito de arena.
Día y noche se funden, y perdemos la noción del tiempo.
El premio visto desde la ventana: un arcoiris doble después de la tormenta.
Un poco de verano ahora de vuelta a la ciudad. Algunos recortes de Punta del Este, Uruguay.
Por mi lado, sé que lo disfruté, y ya quisiera volver al mar. Extraño muchas cosas, entre ellas los mejillones a la provenzal, los atardeceres con mate y amigos, y la zambullida al mar diaria saltando aguas vivas en la mansa.
Un mar de gente o gente de mar, no estoy segura.
Luces que sólo duran un instante sonríen desde el horizonte.
Un muelle al que le gusta nadar y un hombre que emerge de las profundidades.
Todo a cuestas en la terraza o en el barco, gaviota incluída.
La naturaleza esteña en acción.
Los que vuelan y los que miran.
Y sólo somos un granito de arena.
Día y noche se funden, y perdemos la noción del tiempo.
El premio visto desde la ventana: un arcoiris doble después de la tormenta.
lunes, 23 de noviembre de 2009
El momento Alzheimer del día
¿Quién alguna vez no tuvo un olvido, una distracción? ¿Quién pensó que quizás su mente había envejecido prematuramente al olvidar el cumpleaños de un ser querido? ¿Y qué hay de olvidar calles, sonidos, caras y nombres? Es un acto del inconsciente que viene en rescate de la propia concentración, eligiendo a qué prestar atención y a qué no? ¿O es un sabotaje permanente? Por todas estas cosas... siempre está el momento alzheimer del día. La única pregunta que me puedo hacer es... ¿cuál va a ser hoy?
De los olvidos (breve)
En este mismo momento, en este instante en el que usted está leyendo estas palabras una calle es olvidada, y un procer vuelto a enterrar. Una taza de te pierde su aliento en la mesada de la cocina, y una radio derrocha música para un auditorio vacío. Un mail quedó atorado en la bandeja de salida; un mensaje no llegará a quien lo espera. Un auto perdido espera en una calle cualquiera, y unas llaves en la vereda no podrán cumplir su destino. Hay zapatos que piden ser rescatados del zapatero, y un vestido que llora en la tintorería. Una billetera roja toma sol sobre el pasto y unos anteojos duermen en un banco de plaza. Y otra vez el paquete de café sonríe invicto en la góndola y una mayonesa (de más) asoma triste por la bolsa del super.
Quizás usted quiera creer que el colectivo va a dejarlo donde quiere llegar. Y luego de sacar su boleto y sentarse contento en el asiento de la ventanilla descubre a la tercer parada que por ese número que confundió caminará más de lo previsto. Que el aniversario era mañana y que la luz ya estaba paga. Que cerró la llave de paso que perdía antes de salir de casa. Que el calefón estaba prendido y la toalla... cerca.
¿Nunca creyó recordar algo sólo para darse cuenta del recuerdo impostado, puesto en la memoria por relatos ajenos reconstruídos por la mente? Que el cumpleaños donde había una piñata no era el suyo, sino el de su hermana. Que el triciclo era realmente azul y no gris. Que el nombre del vecino era Luis y no Lucas. Que definitivamente la receta no era así.
Si, usted se ha olvidado.
Quizás usted quiera creer que el colectivo va a dejarlo donde quiere llegar. Y luego de sacar su boleto y sentarse contento en el asiento de la ventanilla descubre a la tercer parada que por ese número que confundió caminará más de lo previsto. Que el aniversario era mañana y que la luz ya estaba paga. Que cerró la llave de paso que perdía antes de salir de casa. Que el calefón estaba prendido y la toalla... cerca.
¿Nunca creyó recordar algo sólo para darse cuenta del recuerdo impostado, puesto en la memoria por relatos ajenos reconstruídos por la mente? Que el cumpleaños donde había una piñata no era el suyo, sino el de su hermana. Que el triciclo era realmente azul y no gris. Que el nombre del vecino era Luis y no Lucas. Que definitivamente la receta no era así.
Si, usted se ha olvidado.
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